Talento ¿Por qué no es suficiente? Necesitas desarrollar tu integridad y alinearla con los valores.

El talento nunca es suficiente.

Talento ¿Por qué no es suficiente? Necesitas desarrollar tu integridad y alinearla con los valores.

Talento: un bien escaso.

Inmersos en la Sociedad del Conocimiento y la economía digital las habilidades humanas emergen como algo prioritario para cualquier organización. Y una de ellas, el talento,  se eleva por encima del resto.

Y es que el talento se ha transformado en un concepto en boca de todos; no hay conferencia, seminario, o simposio que se precie que no hable de talento. Las personas creen poseerlo; las organizaciones presumen del que poseen sus empleados, y los departamentos de RRHH se autoproclaman como los nuevos «sacerdotes» del talento. No hay duda: el talento está de moda.

Lo más curioso sobre el talento es que se trata de un término no científico, y que no está bien definido. Un sencillo test sirve para comprobarlo: pregunta a cualquiera qué entiende por talento.  La respuesta será tan variada como el universo de personas a las que preguntes. Algunos hablarán de inteligencia; otros de aptitud o de capacidad; otros de potencialidad; otros llegarán a confundirlo con la eficiencia.  Algunos, reconocerán no saberlo.

Sea como fuere, el talento aparece hoy día como el nuevo Santo Grial; el único medio que permitirá a las organizaciones afrontar el entorno cada vez más volátil, incierto, complejo y ambiguo (en inglés VUCA).  Organizaciones que llevan tiempo en pie de guerra para conseguir el mejor talento disponible.  El motivo es que el talento se ha convertido en un recurso escaso y esquivo, en un entorno altamente competitivo. Un talento que nuestro sistema educativo no es capaz de proporcionar, y que se ha convertido en el principal talón de Aquiles para que nuestro país pueda afrontar la transformación digital (ningúna universidad española aparece entre las 200 mejores del mundo).

Organizaciones que deberían comprender que, una vez conseguido, deben permitir que el talento se organice en equipos con capacidad de autogestión, responsabilidad plena y objetivos y retos propios, si desean que aporte el valor esperado. Y es que la gestión del talento es otro de nuestros déficits, donde se sigue gestionando para una época pasada.

Talento: un poco de historia.

Esté de moda o no, de lo que no hay duda es que el talento obsesiona a muchas personas. Aunque el talento siempre ha estado presente a lo largo de nuestra historia.

Un ejemplo es Tales de Mileto (640 a. C.) al que diversos historiadores consideran el «padre de la ciencia». Dotado de gran talento e inteligencia, era capaz de anticipar eclipses o establecer la distancia a la que se encontraba un barco de la costa aplicando matemáticas.

Alejandro Magno tenía talento para la logística y la planificación estratégica; talento que inspiró al mismísimo Napoleón. También fue el primero en hacer uso de la información y el conocimiento. Además, innovó en técnica y armas.
Otro gran general y estratega, Julio César, tenía talento para visualizar y adelantarse a los movimientos de sus enemigos, lo que le permitía desplazarse y actuar con rapidez.

El talento no entiende de géneros y muchas mujeres han destacado a lo largo de la historia.  Personas como Teano de Crotona, con una extensa obra en filosofía, matemáticas y medicina.  Maria Winkelmann, astrónoma y primera mujer de la historia en descubrir un cometa. Ada Lovelace, pionera de la computación y considerada la primera programadora de la historia. Henrietta Leavitt, científica norteamericana que cambió para siempre nuestra concepción del Cosmos. Conocida como la «astrónoma calculadora», sus descubrimientos fueron cruciales para entender el Universo. Nunca recibió el reconocimiento que merecía. O Emmeline Pankhurst, una de las mayores impulsoras del sufragismo europeo.

Si hay un personaje con talento ese es Leonardo Da Vinci.  Gran pensador y figura fundamental del Renacimiento, destacó como científico, matemático, ingeniero, inventor, anatomista, pintor, escultor, arquitecto, botánico, poeta, músico, etcétera. Ardua tarea la de enumerar los talentos del mayor genio de la historia,  reverenciado tanto por su por su ingenio tecnológico como por su creatividad.

El emperador Napoleón Bonaparte, dotado de gran talento militar y político, daba prioridad al talento. «Deja el camino abierto al talento» era una de sus frases.

Y qué puedo decir de mi admirado Nikola Tesla. El mayor talento inventor del siglo XX, y al que no se le ha hecho justicia en los libros de historia. El padre de la electricidad comercial y que cambió el mundo.  Mucho más brillante que su contemporáneo Edison, y a años luz en lo que se refiere a los valores. Tesla no pensaba en su propio beneficio, sino en el de la humanidad. Su obsesión era idear la forma de enviar energía gratuita a todo el mundo. También tenía un sueño: conseguir energía y comunicaciones inalámbricas. No le importaba el dinero.  Todo lo contrario que Edison, un astuto hombre de negocios, quien se dedicó a humillar y ridiculizar a Tesla, además de aprovecharse de las ideas de otras personas. «Mantente al tanto de las nuevas ideas que otros han utilizado con éxito. Tu idea solo ha de ser original en su adaptación al problema en el que estás trabajando”, era una de sus frases.

Todos estamos en deuda con Tesla.

Otra persona admirable es Marie Curie; no sólo por ser la primera mujer en conseguir el Nobel, sino por su talento científico y su gran humildad. Tanto ella, como su marido Pierre, nunca se preocuparon de ganar dinero. No les guiaba el afán de lucro, sino el bien de la humanidad, a la que donaron todos sus conocimientos.

El valor de un hombre debe medirse por lo que da y no por lo que recibe. No trates de convertirte en un hombre de éxito, sino en un hombre de valores.
Albert Einstein

Más tarde, Jack Welck demostró hasta donde puede impulsar el talento a una compañía, cuando se gestiona correctamente. Su «escuela de talento» en Crotonville  (al norte del estado de Nueva York) ayudaba a los ejecutivos de General Electric a crecer y desarrollarse.  La estrategia de Welch constaba de dos fases; en la primera, identificaba a los mejores talentos de cada unidad de negocio; y en la segunda, invertía ingentes recursos en su formación y desarrollo, apoyándose en los mejores mentores (incluido él mismo). Welch dedicó más del 60% de su tiempo a seleccionar, desarrollar o despedir a sus directivos. Una de sus frases lo resume: «Poner a las personas adecuadas en los puestos adecuados es mucho más importante que desarrollar una estrategia».

El «Welch way» es un espejo en el que muchos directivos siguen mirándose hoy día.

Más recientemente, en 1997, la consultora McKinsey publicó un estudio titulado «Ha comenzado la guerra por el talento», donde situaba al talento como el bien más preciado de cualquier país, y el gran reto empresarial estratégico y el impulsor crítico del rendimiento corporativo. Sus autores (Ed Michaels, Beth Axelrod i Helen Handfield-Jonez) actualizaron el estudio en el año 2003. Sus conclusiones apuntan a que la guerra por el talento continuará durante las dos próximas décadas.

Talento: está ahí fuera.

Podemos afirmar que el talento siempre ha estado «ahí fuera»; sólo que ahora cotiza en bolsa. El talento se ha convertido en un punto estratégico de gestión; un motor crítico del desempeño de cualquier organización, y que establece enormes diferencias entre las que compiten en el actual entorno VUCA. Un entorno que ha venido para quedarse y que tiene grandes implicaciones en la gestión del talento.

El profesor José A. Marina  (2010) describe el talento como «la inteligencia triunfante«. Y proporciona una definición: «Talento es la inteligencia que elige bien las metas,  maneja la información, gestiona las emociones y pone en práctica las virtudes de las acciones necesarias para alcanzarlas, ampliar su capacidad de acción y conseguir una mejora continua«.

Por su parte, Pilar Jericó (2001) habla del talento como la característica de aquellas personas cuyas capacidades se encuentran comprometidas a hacer cosas que mejoren los resultados de la organización. Y, define al profesional con talento, como “un profesional comprometido que pone en práctica sus capacidades para obtener resultados superiores en su entorno y organización».

De acuerdo, el talento es fundamental, pero… ¿es suficiente?

Para mí no lo es. Porque en su camino hacia el éxito una organización no puede ni debe olvidarse de los valores.  Sí, los valores.  Porque en ese afán permanente de resultados, a menudo son arrastrados por el fango o directamente abandonados. En otros casos, se camuflan bajo la apariencia de una responsabilidad social corporativa postiza, o con acciones puntuales de branding o de publicidad.

Y es que algunas organizaciones se han dejado seducir, como el personaje de «El retrato de Dorian Grey«, por el «efecto estético». Un efecto narcisista donde sólo interesa el aspecto formal y estético, y no los contenidos.  Organizaciones donde su misión, visión y valores dicen una cosa, mientras que sus acciones se enfocan a maximizar el beneficio. En otras, en cambio, la mayor parte de sus responsables entienden que la consecución de los objetivos no justifica realizar acciones ni en contra de sus valores, ni del bien común.

Unas y otras disponen de personas con talento; pero se diferencian en los valores.

¿Talento?  Sí, pero mejor con valores.

Hay muchas organizaciones con talento.  Pero la cuestión es ¿para qué lo utilizan? 

Es cierto que las organizaciones deben ganar dinero; es lícito, es su razón de ser. Pero no a cualquier precio; no de cualquier manera.

  • Una compañía que fabrica automóviles, instalando dispositivos electrónicos que ocultan las verdaderas emisiones de CO2, tiene talento.  Pero no tiene valores. No es una organización consciente. Y juega con algo que no tiene repuesto: nuestra salud y nuestro medio ambiente.
  • Una empresa (o un profesional) que evade impuestos a través de una ingeniería financiera, tiene talento.  Pero no tiene valores.  No es consciente.  Y deja a millones de ciudadanos sin los recursos que necesitan para educación, sanidad o pensiones.
  • Una organización que establece sus pagos a proveedores en períodos que triplican lo que la legislación establece, tiene talento.  Pero se lucra y financia con sus stakeholders más débiles.
  • Una empresa que despide a un empleado, que solicita días libres para donar a su hija parte del hígado (y salvar su vida), no sólo no tiene valores, tampoco tiene humanidad.
  • Un responsable político que dispone de un medicamento que puede salvar la vida de sus ciudadanos, y no hace todo lo posible para que la obtengan, no tiene valores. Y no hace cumplimiento de su juramento sobre la Constitución.

Son sólo algunos ejemplos. Las carencias éticas y de valores aparecen en los medios de comunicación, a diario.

Tal vez el filósofo Thomas Hobbes tenía razón, en su obra El Leviatán (1651), al afirmar que «el estado natural del hombre es la lucha continua contra su prójimo«. Mucho antes, Plauto (250-184 a. C.) afirmaba que «El hombre es un lobo para el hombre«.

Personalmente, prefiero la afirmación de Aristóteles «lo importante no es saber lo que es el bien, sino hacerlo«.

Esta aldea global necesita unos valores compartidos, a todos los niveles, que permita su funcionamiento así como el desarrollo y bienestar de todos los ciudadanos.

Transformaciones y valores.

Las transformaciones provocadas por el tránsito al siglo XXI no son nuevas. La humanidad ya se ha enfrentado a transformaciones parecidas, en épocas pasadas. Épocas donde se produjeron cambios a nivel social, político, cultural y tecnológico (por ejemplo, en los siglos XV y XVIII, revolución francesa, revolución industrial). El nuevo siglo parece seguir el mismo patrón,  y está acabando con un modelo que ha tenido vigencia durante los últimos doscientos años.

Y es que el mundo que nos ha tocado vivir se transforma a un ritmo exponencial, impulsado por el avance de la tecnología y la computación cognitiva. La profundidad de los cambios, y la velocidad a la que se producen, están poniendo «patas arriba» todo lo que creíamos saber hasta ahora. Nada es estable; lo único permanente es el cambio constante.  Unas transformaciones que provocan la aparición de nuevos valores y cambios en otros.

Y en este entorno VUCA, es lógico que se produzcan desajustes, incertidumbre y hasta conflictos, que se han agravado por la situación de crisis financiera. Crisis provocada fundamentalmente por la falta de ética de algunas organizaciones y altos directivos; organizaciones y directivos que necesitan ajustar su brújula y orientarla hacia los valores. Los valores deben ser el pilar central de la cultura corporativa de cualquier organización, tanto por interés como por convicción. Sólo de este modo podrán ser los catalizadores de una transformación que nos conduzca hacia una sociedad más próspera, más equilibrada y más sostenible. Una sociedad donde la solidaridad gane terreno a la maximización del beneficio.

Valores para un mundo exponencial.

Y es que la pérdida de los valores que han construido nuestra sociedad es clamorosa; un proceso que es posible seguir en directo a través de los medios de comunicación. En efecto, los valores «tradicionales» como el trabajo, la honradez, el respeto o solidaridad, han sido sustituidos por los valores de la ética del mercado, especialmente por el del cálculo de la utilidad propia.  Todo aquello que vaya en contra de esta utilidad es visto como una barrera, como algo inútil. No importa si se destruye el medio ambiente, si se levantan barreras entre naciones, o se pone en riesgo la vida o la convivencia entre personas. Lo importante es la utilidad propia.

Es urgente reconocer lo que está pasando, reconocer los valores dominantes que están conformando la sociedad actual y sus consecuencias. Necesitamos no sólo una nueva racionalidad sino una economía por y para las personas; un sustrato donde germinen los valores de un modelo económico más ético, donde el bien común y el medio ambiente sean el objetivo final.

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Personas & Valores
José Velategui Ródenas

Editor de onthecorrectside.

Sales & Marketing manager.

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